Aquí en La Pulgada Rabiosa estamos más que concientes que la rabia social no es un mal singular. Hay cientos de miles de personas con un poco más de neuronas vivas a las cuales ciertos comportamientos le hacen hervir la que le corre por las venas, ¿quiénes son? ¿Qué les molesta? ¿A dónde irán a parar? Ninguna de estas interrogantes tiene una respuesta, a continuación la disertación de un tema que le vuela la razón a alguien que se sacia con la fuente de la rabia. Por favor, bienvenida sea nuestra primera escritora visitante.
¡Ríndete pleitesía!
Por Juanita Alimaña
La lambonería sobrepasa mis niveles de tolerancia. ¡Cómo me cuesta aceptarla! Y tal vez por eso nunca tenga dinero, poder, o trofeos. Debe ser porque no me interesa y porque tengo prioridades más importantes en la vida. Me vale, me tiene sin cuidado sobresalir, que me aplaudan o que me otorguen el premio Nóbel como reconocimiento a mi mérito excepcional.
El lambón nace lambón, nada que hacer, es naturaleza humana. A medida que crece, el lambón va adquiriendo más destrezas, perfecciona la técnica, la pose, el lenguaje y la agilidad física y mental para atacar a su presa. Y cuando llega a la mayoría de edad, se reproduce con los de su misma especie. Así, los niveles de sobrepoblación lambona son inevitables y la supervivencia se convierte en cuestión de vida o muerte. Entonces surge la competencia entre lambones. No hay nada más peligroso y sanguinario que un enfrentamiento entre dos lambones, siempre habrá un vencedor, pero quedará un perdedor sediento de venganza.
Como norma general, un lambón promedio sirve para 3 cosas concretas: para producir cantidades exageradas de saliva, para elevar el nivel de ruido en el ambiente y para prestar uno que otro favor necesario en el momento, después de cierto tiempo empezará a operar de manera más estratégica. Un lambón es un ser fuerte, persiste y resiste el tiempo que sea necesario, con tal de cumplir su objetivo.
¿Pero qué sería de la humanidad sin el servilismo? Se acabarían los favores, los intereses personales y la riqueza desmedida de unos cuantos. Se perderían miles de oportunidades y empleos, y algunos emporios se irían al piso. No habría a quién adular, a quién invitar, o exaltar, es más, se acabarían las religiones, los dioses, los cleros y las biblias. La politiquería no existiría, ni los partidos, ni las campañas de imagen que cuestan una millonada, ni la muy necesaria y adorada corrupción.
Ojalá algún día se extinga el lambón, probablemente resista tanto como lo han hecho las cucarachas, aún después de un ataque nuclear; lo único cierto es que “el que no llora, no mama”, debe ser por eso que la prostitución es la profesión más antigua del mundo, tan especializada y perfeccionada hoy en día por cortesanas de corredor, oficina, baño, recepción, ascensor, evento social, y escritorio.
Para cerrar este capítulo*, el lambón es ante todo un objeto de satisfacción garantizada: oportuno, rápido, por donde sea y ¡cómo sea!